Exposiciones anteriores en Galería José Robles

Pasos Infinitos

Javier Fresneda

Fue expuesta desde el 8 de abril de 2010 hasta 15 de mayo de 2010.
Obra de la exposición Pasos Infinitos

El proyecto “Pasos Infinitos” interpreta sucesos puntuales en la historia del alpinismo como lugares comunes donde la Geografía, la ficción o la utopía se mezclan en narrativas y metodologías novedosas. Fresneda combina las rutas de escalada más difíciles del mundo en su personal cartografía del peligro, o experimenta con modos de narrar y construir sucesos históricos particulares. La combinación de posibilidades y la creación de metodologías de investigación definen las piezas presentes en “Pasos Infinitos”.

Javier Fresneda es MFA por la Universidad Europea (Madrid) y Licenciado en Bellas Artes por la UCM. Su obra ha sido exhibida en Kunsthaus Bethanien (Berlín), VBienal VentoSul (Brasil) y está presente en colecciones como Fundación IAC (México) ó INDOC (España). Recientemente ha sido incluido en la 1ª Edición de Premios a la creación Contemporánea MataderoMadrid, el XI Premio ABC o la Feria JUSTMADRID.

Érase una vez un bosque…

Markus Schroll

Fue expuesta desde el 5 de febrero de 2010 hasta 31 de marzo de 2010.
Obra de la exposición Érase una vez un bosque…

El árbol como elemento primordial que conforma un bosque también está cargado de Significados simbólicos. El árbol representa la vida del cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y regeneración. Como fuente de vida inagotable, el árbol equivale a la inmortalidad, a una especie de “vida sin muerte”. Derivado de su carácter vertical, el árbol actúa como puente de unión entre la tierra y el cielo.

Dentro de las corrientes paisajísticas, Kaspar David Friedrich nos enseñó a entender el paisaje como un constructo de la mente, donde lo sublime nos desvela el misterio y la sugestión de terror de la naturaleza primitiva, donde la soledad se convierte en protagonista de cada uno de sus cuadros. Este artista alemán recogía en sus cuadernos de viaje todas estas impresiones. Si bien la pintura de Fiedrich nos desveló un aspecto de la naturaleza que apuntaba a lo sublime y grandioso del paisaje, las fotografías de Markus Schroll, nos remiten a un cuaderno de viaje del siglo XXI, donde el artista, a través del objetivo de su cámara es capaz de captar toda la gestualidad que aún permanece en los, no ya inmaculados, bosques de nuestros tiempos.

En las dos series presentadas en la muestra, una dominada por el blanco y la otra dominada por el negro, vamos descubriendo toda una suerte de binomios y contrastes a los que nos expone el artista: vida-muerte; letargo-eternidad; luminosidad-oscuridad; frío-calor; nieve-fuego; reposo-gestualidad…. La serie Schneeweiss (Winter) nos introduce en un paisaje nevado, en un bosque donde el blanco de la nieve cubre de una aterciopelada textura las ramas de los árboles, encontrado en la desnudez de la estación una imagen llena de calma y sosiego. El blanco dominante se ve interrumpido por las líneas verticales de los troncos desnudos. Por el contrario la serie Wald in Schwarz (Sommer) nos descubre un paisaje desolado por un desastre natural o intencionado, el fuego, mostrándonos un bosque cuyos árboles se retuercen en el horror de su herida, petrificados y calcinados. El negro y los tonos oscuros de un atardecer estival dominan este paisaje desolador. Como dotados de vida, sus troncos giran sobre si mismos trasmitiéndonos ese dolor de un incendio; sus ramas, como brazos, se alzan pidiendo ayuda; las inclinaciones de sus troncos parece que congelan el instante en el que comenzaron su huida y de la cual no fueron capaces de liberarse debido al peso de sus raíces. Paisaje desolador y, sin embargo, bello, donde el espectador se enfrenta cara a cara a las heridas que consciente o inconscientemente infringimos a la naturaleza.

Como en un cuento “Érase una vez un bosque…” (Es war einmal ein Wald) nos cuenta una historia, enfrentándonos a través de un sutil y tenso silencio a la inmensidad de la naturaleza, del paisaje, de los bosques y demostrándonos que Schroll una vez se adentró en la profundidad del bosque para capturar estas imágenes que ahora nos muestra.

La suciedad del tiempo

María Vallina

Fue expuesta desde el 11 de diciembre de 2009 hasta 30 de enero de 2010.
Obra de la exposición La suciedad del tiempo

1. La pintura sobrevivió al discurso contemporáneo de la reproductibilidad del arte. Ella sigue atravesando aquel desierto que hace a la obra ser única. Sin embargo, en el paisaje de su mirada se vierte un gesto incendiado que resulta imposible de imitar. El arte sigue siendo revolucionario. Walter Benjamin halló su silencio.

2. El espacio en el arte se ha quebrado. Sólo son fragmentos sus posibilidades: instantáneas de cada mirada que juegan con la eternidad de la obra. Esa pintura que es sólo una acurruca en su existencia la infinidad de ojos que la atraviesan. Los espacios contemporáneos del arte están disueltos. Se oye el grito de su violencia.

3.No hay arte sin deseo. Éste atraviesa el cuerpo vertiendo la brutalidad que nos acerca al animal. Incluso grita cual Antígona ante el cadáver de Policlines, quebrado por su tensión esencial, súbdito del tiempo 4. El espejo que delinea los límites del cuerpo con arrebato retiró su máscara. Una mano que palpa encontrando lo que somos, aquello que nos hace y no era visible. Una danza de vísceras, huesos, arterias nos deconstruye. El deseo desafía la suciedad del tiempo. El gesto se hace eterno y efímero.

5. Aquel día una mano inmortalizó su mirada. Trajo a un instante todo aquello que abarcó en su recuerdo. Una danza de sombras y cuerpos traslúcidos brotó en rojo, sangre. -Maravillarse ante lo terrorífico-. El tiempo tornó delgada la capa de la memoria. Los cuerpos se fragmentaron. Caminan hoy sin contexto, y en su grito invocan fútilmente las partes que perdieron.

6. El arte clásico marca la distancia entre espectador y obra, autor y observador. Funciones explícitas abren simas. Una mujer adulta salió a dar un paseo. Por casualidad se vio frente a un Tiziano. Deseaba comérselo, se acercó, y mordió uno de los restos de óleo. Se oían los gritos de dolor del pintor en su tumba. El pequeño despojo aurático se instaló entre sus dientes. Nunca se supo si eligió vivir en ese espacio. Sólo se conoce su pasión por la saliva, los restos de comida, la suciedad de un animal humano que devora carne. Pasión porque el tiempo masticado hace cambiar al óleo su color. Empastes irisados, formas múltiples. María Vallina, una mano, el gesto que quiebra la mirada. No somos yo sin su obra. Ella se instaló en la piel, en la carne de nuestra experiencia. Por un casual fuimos nosotros quienes pintamos aquel cuadro.

Catalizar

Javier Cruz

Fue expuesta desde el 30 de octubre de 2009 hasta 5 de diciembre de 2009.
Obra de la exposición Catalizar

“No hay una manera de hacer un dibujo –hay sólo dibujo –“ sostiene Richard Serra refiriéndose al colapso que se produce en un dibujo entre lo que significa y el cómo está hecho, como si las maneras de hacer un dibujo –la manera académica o convencional y la no artística – estuvieran condicionadas por el puro acto de hacerlo. Surge aquí la cuestión de lo que propiamente constituye un dibujo y si las técnicas de dibujo están sobrepasadas por la condición de actualidad o novedad.

La actualidad supone un “presente eterno” que no es cierto. Para Serra era la década de los setenta, pero nos interesa su formulación del conflicto entre sentido y acabado y el replanteamiento que supuso para las técnicas, las herramientas y los materiales del dibujo, el nuevo estatus de la forma en proceso o “antiforma” que se dio en el arte de ese período.

La noción de proceso tiene un significado literal: el acto o evento por el cual alguna cosa va a comenzar o simplemente es. Otro significado proviene del campo del discurso de la historia del arte y se refiere al “arte procesual”, un tipo de manifestación artística sobre todo a través de esculturas e instalaciones, que se produjo en los años sesenta y setenta, cuyos artistas fueron –entre otros: Eva Hesse, Mell Bochner, Richard Serra, Robert Smithson, Carl Andre, Richard Tuttle, Bruce Nauman, Linda Benglis, Robert Morris, Joel Shapiro, Gordon Matta-Clark, etc.–

Robert Morris sitúa el origen de la Anti-Forma en los dibujos “non finitos” del alto Renacimiento, cuando el artista es consciente de la importancia no sólo de significar sino también del proceso mismo por el cual este significado se produce.

Leonardo y sus estudios sobre los remolinos del agua, la fragmentación corpuscular de los impresionistas, las teorías y prácticas de Kandisky, Malevich y Mondrian que dieron lugar a ciertos movimientos basados en la abstracción geométrica y en propuestas que emplean series de instrucciones y procesos iterativos como: el movimiento Fluxus, el minimalismo y el arte conceptual con artistas como: Joseph Albers, Donald Judd, Sol Lewitt, Agnes Martin, etc. Por último hay otros muchos que encuentran su “habitat” natural en el uso de programas y algoritmos informáticos en la actualidad, véase la obra de Roman Verostko, Harold Cohen, Mark Wilson, Manfred Mohr, Jean Pierre Hebert, etc..

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